Por: Xavier García Barber, autor de La cerveza en España

En la actualidad, la cerveza ocupa el primer lugar en el consumo de bebidas alcohólicas en España. No hay bar que no tenga, junto a la infaltable máquina de café, uno o varios tiradores de cerveza. Y en las mesas, las cañas y botellines superan con creces en cantidad a las copas de vino. De hecho, según estadísticas de 2010, para ese año el consumo per cápita de cerveza en nuestro país representaba casi un 51% sobre el total de bebidas alcohólicas, fren­te a un 29% para los alcoholes y algo más de un 20% para el vino. De toda esta cerveza, hay que destacar que la independiente (o artesanal) se va imponiendo mes a mes entre el gran público. Esta cuestión no ha pasado desapercibida entre las grandes cerveceras. Efectivamente, cada vez le dan mayor importancia a los lúpulos y a estilos como IPA: India Pale Ale.

Y este consumo va respaldado por la destacada situación de la industria cervecera española en la ac­tualidad. Con respecto a la Unión Europea, en 2011 el país se situó como cuarto fabricante por detrás de Alemania, Gran Bretaña y Polonia, y a nivel mundial destaca como décimo productor por detrás de China, Estados Unidos, Brasil, Rusia, Alemania, México, Japón, Gran Bretaña y Polonia en 2012. A día de hoy se puede afirmar que el sector cervecero es clave en el panorama agroalimentario español: en 2013 las ventas de cerveza ascendían a 31.500.000 hectolitros y el consumo per cápita, a 46,3 litros por habitante.

Un camino lento y accidentado

Pero esto no siempre fue así. Desde su introducción en España a partir del siglo XVI, de la mano de los Austrias, la producción de cerveza sufrió muchos altibajos. Las reformas borbónicas fracasaron en consolidar una industria nacional y única­mente Santander llegó a implantar una industria cervecera de gran producción.

Entre 1815 y 1870, Madrid se convirtió en el líder del sector, seguido de Barce­lona, con una cerveza de alta fermentación, con alto contenido etílico, color oscuro, y un proceso de fabricación básicamente artesanal. Esta incipiente industria fue mayoritariamente respaldada por capital, tecnología y conocimientos provenientes de los estados alemanes, y dependiendo del de la importación de una materia prima como el lúpulo, y en menor medida de la malta.

A partir de la década de 1870, lo que terminó de impulsar la industria cervecera española fue la fabricación de cerveza de baja fermentación, de menor contenido alcohólico, más suave, refrescante, y dirigida a un mayor número de consumidores. Sus mayores necesidades de capital y de tec­nología cambiaron radicalmente la industria, con el surgimiento de economías de escala que concentraron la producción y a la desaparición de muchas pequeñas compañías. Este proceso comenzó en Barcelona y se extendió por España entre el último tercio de siglo XIX y primer decenio del XX.

¿Y el consumo?

Del consumo de cerveza en España solo disponemos de cifras a partir de 1858. Por esa época, la cerveza se consumía mayoritaria­mente en capitales de provincia, entre las que destacaba Ma­drid, con un 65,25%, seguido a gran distancia por Barcelona, con un 17,24% (la suma de ambas arroja un 82,49% del total español).

Al calcular el consumo per cápita español, con una población estimada de 15.454.514 habitantes, se obtiene la cifra de 0,038 litros por habitante y año, aunque al no ser su consumo uniforme y concentrarse sobre todo en las grandes ciudades, solo a Madrid le correspondería un consumo anual per cápita de 2,17 litros por habitante. Y esto, contrapuesto a la media española de consumo per cápita de vino en 1859, de 35,23 litros, con una distribución mucho más uniforme en todo el territorio.

El crecimiento de la industria entre finales del siglo XIX y el primer decenio del siglo XX tuvo una lógica implicación en el aumento de establecimientos donde se vendía cerve­za al por menor, como bares, restaurantes, cafés y lugares denominados directamente cervecerías. Así, desde un consumo precario y concentrado en las grandes urbes, en algo más de 40 años se consiguió un consumo generalizado en la Península mediante una prominente y generalizada industrialización del sector.

Sin embargo, aún las cifras eran muy bajas en comparación con las grandes inversiones realizadas en la industria. En 1913, el consumo per cápita de cerveza era de 1,11 litros, contra los 92 litros del consumo de vino. Y en el año 1961, España seguía siendo un país de consumo fundamentalmente vinícola, con un peso del 65% del vino sobre el consumo total per cápita de bebidas alco­hólicas, frente a un 24% para los alcoholes y un 11% para la cerveza. No ha sido sino a partir de la década de los 80 que esa situación se ha revertido y la cerveza ha pasado a convertirse en la primera bebida alcohólica de consumo en España.