Por: Diego Tirado, Doctorado en Ingeniería Química por la Universidad Complutense de Madrid.

Además de ser saludables, los alimentos deben tener un origen y consumo responsables para ser realmente “buenos”. Debemos considerar esto teniendo en cuenta que habitamos en un planeta donde, cada año, casi un tercio de los alimentos producidos para el consumo humano es desperdiciado. Hablamos del mismo planeta donde una de cada nueve personas pasa hambre (821 millones aproximadamente).

Pero no solo desperdiciamos comida. La producción mundial (y también el modelo de consumo) de alimentos contribuye además al cambio climático y al agotamiento de la biodiversidad. La ineficiencia e insostenibilidad de los actuales sistemas de producción son responsables en un 60% de la pérdida de biodiversidad a nivel global, y del 24% de las emisiones de gases de efecto invernadero. Es un sistema que drena considerables recursos como nutrientes, superficie terrestre, energía y agua. 

Este año, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) ha presentado un informe titulado «Perspectivas del medio ambiente mundial» (GEO, por sus siglas en inglés), en el cual plasmó conclusiones muy poco alentadoras con respecto al futuro de la Tierra. Dicho informe, fue nutrido durante seis años con información de 250 científicos de 70 países diferentes. En él se habla de cómo el consumo descontrolado, la contaminación y el desperdicio de alimentos conducirá al hambre, la pobreza y enfermedades. Y esto sucederá primeramente en países pobres. El informe alerta de esta catástrofe medioambiental (y por lo tanto humana) para dentro de alrededor de 30 años. Pero seamos sinceros, el cambio climático que atravesamos actualmente ha llegado antes y más fuerte de lo previsto. Esto se debe a que hemos sido demasiado favorables a las predicciones de los científicos del pasado. Siempre nos hemos dormido en los laurales cuando se trata de los problemas de “casa”.

Es por eso, que la sostenibilidad ambiental debe ser considerada como un determinante fundamental de seguridad alimentaria, bienestar y salud humana. Por este motivo la misma ONU propuso, en su Objetivo No. 12 de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, garantizar modelos de consumo y producción sostenibles. En este sentido, nosotros los consumidores desempeñamos un papel central en la transición hacia sistemas alimentarios sostenibles. Es nuestra responsabilidad avanzar de manera consuetudinaria hacia un consumo de productos sostenibles, a fin de equilibrar el gasto y reducir los desechos; minimizando así su efecto sobre el medio ambiente y contribuyendo a la economía local con sus opciones socialmente responsables. Sin embargo, se ha puesto de relieve que, si bien la conciencia de la gente sobre las cuestiones de sostenibilidad alimentaria es mayor, la consideración de la sostenibilidad en la elección diaria de los alimentos sigue siendo marginal. Aunque tengamos presente que el consumo y la producción de alimentos tienen un impacto considerable (y tal vez ya irremediable) para el medio ambiente, en el momento en que caminamos por los pasillos de un supermercado, no es la sostenibilidad alimentaria lo que nos suele pasar por la cabeza, si no, el sabor y el precio, incluso para aquellos que desean vivir una vida más respetuosa con el planeta.

Por lo tanto, tengamos presente que la sostenibilidad alimentaria no incluye los alimentos por si solos, si no, una combinación de factores que incluyen cómo estos se producen, cómo se distribuyen, cómo se empaquetan y, también, cómo se consumen. Cuando ponemos en consideración la sostenibilidad alimentaria en nuestras cabezas, muchos factores que afectan la sostenibilidad ambiental tienen que entrar en juego: uso de recursos, impacto ambiental, agricultura animal, consideraciones sanitarias, impacto social y económico, entre muchos otros.

Mientras tanto, debemos recordar que la sostenibilidad alimentaria es una labor de todos.