Por: Diego Tirado, Doctorado en Ingeniería Química por la Universidad Complutense de Madrid.

En mi pasado artículo “La sostenibilidad alimentaria no trata solo de los alimentos que comemos” mencioné algunas recomendaciones a tener en cuenta para ejecutar una labor verde, en caso de que deseemos implicarnos en esta. Finalicé el texto haciendo un llamado a todos aquellos que se sientan comprometidos con el planeta, a que hagan suya esa labor y abran los ojos a lo que está aconteciendo actualmente en la tierra.

En esta misma línea, me gustaría hablar de una actividad que, aunque se empezó a emplear a finales de los años 80, considero que el uso de su práctica no está lo suficientemente informado. Se trata del greenwashing, algo que podríamos traducir como “lavado verde”, y que se conoce como la práctica de hacer una afirmación infundada o engañosa sobre los beneficios ambientales de un producto, servicio, tecnología o práctica empresarial. Este mecanismo puede hacer que una empresa, institución o producto, aprovechando el prestigio comercial de lo verde publicitado en sus servicios, parezca más amigable con el medio ambiente de lo que realmente es. Es una práctica grotesca en la que estas instituciones venden servicios a consumidores, diciéndoles lo que ellos quieren escuchar. Para ello, hacen uso del impulso de compra ecológica (o con sello verde) por parte de la gente de a pie que adquiere estos productos/servicios creyendo contribuir con el medio ambiente. Pero lo peor de todo esto es que en la mayoría de los casos, estos productos/servicios son todo lo contrario a verdes.

A continuación, trataré de plasmar un par de ejemplos de productos/servicios que hacen uso del greenwashing para aumentar sus ventas. Quiero indicar que el número no se reduce a los ejemplos considerados aquí, pero los mencionados, han demostrado mediante estudios científicos no ser productos/servicios tan verdes como los pintan.

Continuando con la línea alimentaria, como primer ejemplo traeré a colación un tema bastante controvertido en la actualidad. Se trata de los productos alimentarios orgánicos (o ecológicos), los cuales, para ser producidos necesitan más área de tierra de la que usa el mismo alimento en una granja convencional. Lo anterior implica que más parte del ecosistema es usado y destruido para las siembras. Además, la mayoría de estos productos “ecológicos” tienen que viajar muchas distancias para llegar del cultivo a la mesa; lo cual, involucra una mayor producción de emisiones de gases de invernadero. Por ello, como solución a lo anterior, se recomienda comprar productos locales. En el mismo sentido anterior, se encuentra la producción de algunos productos veganos y pescados de piscifactoría.

Pongamos otro ejemplo, este ya no relacionado con la alimentación. Durante mucho tiempo, se ha vendido a la gente que tener un coche eléctrico es de lo más verde que pueden hacer. Sin embargo, aunque estos representan (a mi parecer personal) un paso en la dirección correcta, su producción y carga todavía contribuyen a altos niveles de emisión de CO2; en algunos casos incluso más que los coches convencionales. Digo esto porque, los coches eléctricos emiten CO2 durante su producción y carga. Además, por si fuera poco, la producción de las baterías eléctricas requiere litio, cobalto y manganeso. No olvidemos que los fabricantes de estos materiales gastan cantidades considerables de energía durante la explotación y procesamiento; y que aún no existe una manera eficaz de reciclar las baterías cuando terminan su ciclo de vida útil.

Se podrían dedicar páginas enteras a dar ejemplos de este tipo de productos no tan verdes como los pintan: limpieza, pañales reutilizables, bioetanol, bioplásticos, plásticos biodegradables, luces ahorradoras y hasta E-readers; todos ellos bajo la etiqueta verde. Sin embargo, también quiero dejarlos con la intriga, esperando que les interese el tema y hagan una búsqueda personal sobre que productos de su canasta básica forman parte de este circo comercial.

Con todo lo anterior no quiero hacer un llamado a no ser ecológico, o a no consumir productos realmente verdes. Al contrario, quiero subrayar que debemos mantener los ojos bien abiertos, la mente crítica y las ganas de colaborar con el medio ambiente al máximo, teniendo siempre en cuenta que cada producto o servicio que consumimos cobra un peaje al planeta.